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Segunda parte

El enamoramiento es un síntoma. Adicciones: un problema de fondo que adopta múltiples formas. Parte 1.

PARTE 1 de 5

Resumen:
En esta tesis (Publicada originalmente en la revista Infonova N° 27) se exponen nociones y reflexiones sobre los conflictos psico-patológicos que a menudo rigen la vida de las relaciones interpersonales en general, y de las relaciones amorosas muy en particular. Se analizará el concepto popular que tenemos sobre la cuestión del enamoramiento entre personas, los matices culturales y sociales aceptados como normales alrededor del mismo, y cómo a menudo dicha realidad está basada en perfiles de personalidades adictivas que encuentran en el otro/a la aparente resolución de su problemática interior – en muchas ocasiones grave-. Veremos que el objeto de la personalidad adictiva no siempre es una sustancia externa al sujeto (alcohol, drogas) sino que este problema de base adopta múltiples formas de expresión, las cuales, independientemente de que unas estén socialmente más aceptadas que otras -como es el caso que se desarrolla en el presente trabajo sobre las relaciones amorosas- presentan la misma condición de enfermedad y conllevan daños al propio individuo y al entorno, que pueden ser leves o alcanzar cotas considerables de gravedad.

0. Introducción. Comentarios generales.

El texto que expongo a continuación va dirigido especialmente a hombres y mujeres no profesionales de la salud mental, cualquiera que sea su edad, y que quizá nunca accedieron a unos estudios teóricos mínimos sobre las cuestiones que aquí se plantearán, pero que sí experimentaron y experimentan cosas en su vida, caminando a ciegas, sin una pequeña base que los sustente, indefensos ante sus propios sufrimientos y las dinámicas que éstos adoptan; ajenos, en definitiva, a la posibilidad de ponerle nombre a todo aquello que les sucede a sí mismos, especialmente cuando establecen relaciones de pareja; sin oportunidad de saber qué es lo que de forma implícita y solapada les está moviendo en muchas de sus actitudes y sentimientos cotidianos, ni cuál es la raíz de los diversos tipos de malestares que padecen. Quedan privados, pues, de un mayor grado de libertad y realización personal, ya que sin un análisis y discernimiento detallado sobre la propia vida, a veces no hay posibilidad de cambio, desarrollo evolutivo o maduración correcta. Tampoco habrá posibilidad de ampliar la calidad de la propia felicidad interior, ni de suprimir actos y conductas que ocasionan daños muy directos a las personas afectadas a nuestro alrededor.

Como nos dice Marie-France Hirigoyen en la introducción de su libro “el acoso moral”:

A lo largo de la vida, mantenemos relaciones estimulantes que nos incitan a dar lo mejor de nosotros mismos, pero también mantenemos relaciones que nos desgastan y que pueden terminar por destrozarnos. Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico (…) sin embargo parece que la sociedad no percibiera esa forma de violencia indirecta. Con el pretexto de la tolerancia, nos volvemos indulgentes”.

(Nota: Salvo cuando haga constar la cita bibliográfica de forma expresa, los testimonios en cursiva que pongo de ejemplos a lo largo del texto, están basados en experiencias de la vida cotidiana de personas de mi ámbito personal, familiarizadas con dinámicas donde se han trabajado psicológica y emocionalmente, que fueron transcribiendo en un diario todas sus vivencias, conscientes de haber estado en períodos de su vida bajo relaciones de pareja totalmente dañinas, lo cual las movió a mirar dentro de sí mismas y buscar sus propias problemáticas subyacentes. Yo las transcribo aquí de forma anónima para quedar constancia de ejemplos reales y de cómo la teoría se basa justo en lo que el común de los mortales experimentamos día a día)

Como decía más arriba, se trata de que el lector que no domina la materia, tenga una guía de las problemáticas que impregnan el mundo de las relaciones amorosas, sin que apenas nos demos cuenta de ello ni de la magnitud de sus consecuencias, no sólo para los propios adultos sino para los niños a su cargo. Una serie de ideas que le inviten a realizar cambios en sí mismo, y que de este modo sepa al menos por dónde dar los primeros pasos.

Todos los puntos desarrollados, de algún modo, dan luz al tema central que nos ocupa: el enamoramiento insano, el discernimiento de a qué estamos llamando comúnmente “amor” sin advertir que es cualquier cosa menos eso; la capacidad de discriminar en nuestras vidas ese “amor” que se convierte en indicio de toda una serie de problemas personales a resolver y de realidades externas que afrontar.

Fijémonos por ejemplo en el siguiente testimonio y pensemos por un momento el parón personal que supone para un hombre o mujer, esta situación emocional; cómo la realidad toda a su alrededor va a quedar negativamente afectada, instalándose en una especie de sueño poco realista y de consecuencias nada constructivas. Generalmente llamamos amor a sensaciones como la que describe esta persona, pero nótese que es proyección de lo que dicha  persona lleva dentro: sus deseos, anhelos, ideales…etc. que siente como vacíos en su interior, frustrados y no satisfechos, son ahora proyectados sobre el hombre amado como si realmente fueran características de él, causándose ella misma una fijación obsesiva basada en este error de percepción. Este tipo de personas que no logran gestionar correcta y racionalmente sus emociones, son denominadas la parte “complementaria” en psicología, ya que suelen caer en las manos de personas maltratadoras o con personalidades altamente conflictivas, con las cuales se complementan, son víctimas fáciles debido ello a que padecen también sus propios y personales desequilibrios internos (zonas dañadas dentro de sí, desde las cuales se relacionan con el otro de manera dependiente e insana). Esto no quiere decir que la conducta de alguien con una personalidad agresiva sea justificable, sino que personas
“sanas” no se enrolan en relaciones de maltrato, sólo van a caer en esa situación desintegradora personas “complementarias”, personas que no han logrado un nivel óptimo de maduración y autoestima, quedando expuestas y vulnerables ante ciertos ataques externos –de la índole que sean- pues quizá no son ni conscientes de ello:

Fue simpático conmigo y me dio algo de cariño. Se me disparó una imaginación atroz sobre él, una idealización: me parecía un semi-dios, un super-hombre, el hombre perfecto, mágico, con una vida mágica: libertad, sexo, mujeres, dominio de sus sentimientos, seguridad absoluta en sí mismo. Lo adoraba, no podía existir nadie mejor ni más admirable. Me invadía una sensación de seguridad a su lado, lo veía protector, cariñoso, maravilloso (en realidad nunca me protegió, una vez permitió que yo anduviera sola por unas calles solitarias a altas horas de la madrugada, y no vino a por mí ni me acompañó) pero yo lo veía altamente protector, quizá porque eso es lo que yo necesitaba imperiosamente. Yo experimentaba que sin él mi vida no podría tener el más mínimo sentido. En realidad yo notaba que él mantenía cierta distancia, que no se entregaba, pero yo estaba convencida de que eso iba a cambiar. Sentía que yo no valgo nada a su lado, como que me hacía un favor estando conmigo,  no tenía orgullo con él. Percibía todo esto –ahora lo entiendo- pero es como que no quería verlo; para mí la realidad era la “mentira” que yo quería (necesitaba) creer sobre él (proyección). Tenía tanto miedo de ir sola por la vida que veía en él una especie de héroe que me salvaría de mi estado.

Meses después, habiendo salido de su estado ilusorio (enamoramiento) y no sin grandes esfuerzos y un doloroso duelo, la protagonista nos hablaba de su enamorado en términos totalmente diferentes, ya que el hombre real que ella tenía delante no poseía ninguna de las aptitudes que ella –en base a sus anhelos e introyecciones previas  personales- le presuponía y proyectaba.

(Nota: Según el psicólogo Carlos Velasco Montes: En la introyección, el hombre incorpora elementos dentro de sí mismo que son extraños a él. Son actitudes, patrones de comportamiento, ideas y valores que no son realmente suyos y no los siente próximos a él y así los rechaza instintivamente. En esa inundación de elementos, poco va quedando de su propia y original forma de ser, de aquello que concuerda con su núcleo más interno. Piensa por los demás, no por él mismo. Las transacciones las hace de acuerdo a lo que dicen los demás, no el modo en que las siente desde sí mismo).

En conclusión, al final de la lectura desearía que el lector tenga clara la diferencia entre “amor” y  enamoramiento patológico” (términos que no pocas veces utilizamos como sinónimos) y que sepa detectar cuándo se ha enrolado en una relación dañina, teniendo valor y libertad en dichas situaciones, sabiendo mirarse a sí mismo con valentía para solucionar todos los problemas de base que lo afectan y determinan. También entender que estar enamorado es básicamente “proyectar”, es decir: que a uno le salte por los aires toda su interioridad cuando se focaliza en otra persona, siendo ésta sólo el detonante de lo que yo experimento, pero no necesariamente la causa. Y si esa interioridad está dañada, también lo estará la relación todo de pareja que se forme a partir de ahí.

Más concretamente entenderemos que amar es “transferir” (veremos ampliamente el término “transferencia” y sus implicaciones). Como una primera ventana hacia él, diré que enamorarse es entrar en un estado de “transferencia” de uno mismo (vemos a continuación este término) porque es precisamente lo más esencial y nuclear de uno mismo lo que queda “fuera de sí”; de algún modo la persona enamorada se está “desplazando”, “des- centrando”, y vamos a ver que eso mismo puede realizarse con o sin equilibrio, según el grado de salud que posea toda la estructura de nuestra personalidad.

1. Conceptos “transferencia”, “síntoma” y “salud”. Relación entre ellos e implicaciones en las relaciones amorosas.

1.1 Concepto de transferencia:

Este concepto que nació junto al psicoanálisis, y éste considera que sin la instauración de la transferencia no hay posibilidad de cura. El fenómeno de la transferencia se descubrió pues “en terapia”, nació de la experiencia de cientos y miles de personas que acceden a un análisis personal, no surgió de la teoría. Fue observado en la práctica real. Para entenderlo, tenemos que partir de esta base: en la mente y la conducta humana intervienen dos tipos de factores:

a) Conscientes: aquéllos de los que el individuo se percata fácilmente en cuanto reflexiona sobre sí mismo.

b) Inconscientes: son una serie de aspectos personales que el propio sujeto desconoce de sí mismo, no logra identificarlos en el campo de la consciencia, pero le están influyendo constantemente y con mayor grado que su mente consciente, ya que de algún modo “claman por salir”.

Partiendo de la ya mencionada “transferencia” , llegaré al concepto de “síntoma”.

¿Qué pasa cuando no salen? Se expresan de formas simbólicas, a través de síntomas físicos, psíquicos o emocionales, o una mezcla de todos ellos.

Nunca había tenido miedo sentada frente a un médico, en su consulta. Y para mi propio asombro, en aquella ocasión comencé a sentir cierto grado de asfixia delante del doctor que me hablaba. Era una especie de miedo irracional, no había un motivo real que lo sustentara. Un nudo se me hizo en la garganta y sentí hacia él tal grado de antipatía que me sentí una persona realmente mala y dañina. Sólo años después, afrontando en terapia todo mi mundo inconsciente, entendí que aquel amable médico suponía sin embargo un detonante de mi más escondida vida inconsciente: su acento argentino; el mismo que tenía la pareja de mi madre que en la infancia tanto me maltrató. El recuerdo de aquella dañina pareja y el médico habían quedado como unidos en un mismo momento presente, dentro de mi cabeza y emociones, e irracionalmente para mí se desdibujaban los límites físicos y temporales; se confundían. Ese acento de su lenguaje me hizo proyectar en el médico todo mi trauma infantil; todas mis sombras y terrores inconscientes se pusieron en movimiento hacia él (transferencia) y nunca fui capaz de verlo tal y como él era en realidad.

Así funciona la transferencia en nuestra vida cotidiana (el ejemplo es quizá demasiado simple pero con él podemos ir entendiendo paulatinamente este importante fenómeno transferencial).

La transferencia es la forma en que  “reaccionamos” ante estímulos actuales, en base a conflictos y vivencias del pasado.

Si entramos en transferencia es porque algo clama por ser solucionado en el presente, pero no pertenece a él.

¿Y por qué hablamos aquí de transferencia?, ¿tiene sentido en un trabajo sobre amores y relaciones de pareja, hablar de patologías y explicar conceptos del mundo de la psicología y las psicoterapias? El presente trabajo, leído en su globalidad, nos aclarará que la respuesta es sin duda afirmativa.

Por eso, antes de meternos en materia, desarrollaré aquí y en el punto siguiente, dos conceptos psicológicos indispensables para entender qué nos pasa cuando nos enamoramos, y cómo este fenómeno natural (o más bien nuestra vivencia particular de él) provoca una manifestación brutal de, todas nuestras patologías y desequilibrios
previamente latentes, dormidos.

Dichas patologías se suelen mantener más o menos disimuladas en nuestras relaciones laborales, amistosas y familiares, pero se desbocarán irremediablemente ante una relación del tipo que denominamos amorosa.

No quiero decir aquí, sería una locura, que no haya transferencia entre amigos, entre familiares. Nada más lejos, pues si algo está insano e inconsciente en mí, lo voy a ”llevar” conmigo a todos lados y lo voy a proyectar y desplazar hacia fuera en cualquier tipo de relación humana. Pero el “encuentro” entre un hombre y una mujer (exactamente igual entre parejas formadas por personas del mismo género, pues el estado de “enamoramiento” presenta idénticos rasgos en todos los individuos, independientemente de su orientación sexual) va a ACTUALIZAR, con más fuerza que ningun otro, aquello que dentro de nosotros no anda bien, y que nos va a producir “síntomas”. Nuestra forma de amar, ya lo es, ya es síntoma (si amamos controlando a la pareja compulsivamente, es síntoma de baja autoestima, inseguridad total, miedos… – por poner un ejemplo muy simplista que nos ayude a entender la ideal global). Y el síntoma –que nos remite a lo desequilibrado, lo afectado, lo insano en nosotros- es lo que vamos a transferir y esto se va a notar en modos de reaccionar inadecuados y/o absurdos.

“Curarse” o detectar cuándo hemos de salir corriendo ante una relación amorosa dañina, no es algo arbitrario, secundario, o un capricho de mentes de hoy día. Eludir un sano equilibrio entre cabeza y corazón a la hora de continuar con una pareja, puede costar muy caro a uno mismo, a los posibles hijos y a todo el entorno familiar. Creo que merece la pena poner literalmente parte del artículo que J.A. Vallejo-Nágera nos brinda en la guía práctica de psicología 1 . Las situaciones personales y nuestros modos de vida pueden convertirse en todo un entramado destructivo, peligroso y fuente de grandes sufrimientos:

La convivencia con un enfermo grave tiene siempre un tinte dramático. A los sentimientos de cariño y compasión se añaden los deseos conscientes de ayuda de no dañarlo ni físicamente ni en su sensibilidad. Con un enfermo mental la situación es mucho más compleja y difícil. Con frecuencia, no se deja ayudar, en lugar de gratitud mantiene una actitud hostil y es él quien puede herir físicamente o en su sensibilidad a las personas con quienes habita. La misión de quienes lo quieren es doble: protegerle todo lo posible de las consecuencias de su enfermedad, y procurar que el paciente no los dañe a ellos.

Imaginemos ahora un hijo abandonado a los 8 años de edad –fase en la que ya se tiene un alto grado de memoria y sensibilidad- por su madre biológica, y que es adoptado por una nueva madre, amorosa y cuidadora. El niño estará contento, su presente le gusta. Pero somos la suma de todas nuestras experiencias. Dentro de nuestro ser, no existe un corte radical entre ayer y hoy. El hoy, enraíza en el ayer, se nutre casi del ayer. Posiblemente este niño del ejemplo no podrá olvidar fácilmente el odio, impotencia y pena por una madre que no lo amó. Y como aún experimenta ese dolor e impotencia infantiles, entonces hace “síntoma”: lo puede transferir, lo puede desplazar a su madre adoptiva (cambio de persona) madre que por muy amorosa que sea, él  siempre va a temer que lo abandone (producto de su transferencia activa) y  podrá mostrar conductas agresivas e irascibles,  porque “ella también puede abandonarlo”. Pasado y presente entrelazados negativamente, afectándose, distorsionándose y creando todo tipo de problemas.

Sanear el pasado, es la solución para el presente. No al revés. Hay que acceder al inconsciente. En  el caso del niño que nos ocupa, se habría instalado y bloqueado en la madre imaginaria, que “no fue buena”, sin poder ver a la real (y actual). La herida está abierta. Esto es la transferencia (desplazar lo que era la madre anterior, a la madre actual) y el síntoma: su miedo, su odio irracional, agresividad… etc, son síntoma de su dañada realidad interior.

El síntoma es signo, nos remite a “otra cosa” más allá, dentro de la persona que los padece. Ante un síntoma, no debemos quedarnos con el juicio de valor “es agresivo y desconfiado” sino que nos haríamos la pregunta “¿por qué es agresivo y desconfiado? ¿a qué remite ese signo en él/ella?”. Allí estará justo el campo de trabajo, la parte que hay que sanar. Porque, además, hay que decir que de no hacerlo, según el niño se convierta en adulto va a transferir su daño a cualquier mujer significativa para él.  Portará el problema de un lado a otro, y su vida quedará totalmente determinada por él, generalmente degradándola. “Amará” desde el síntoma, no desde su “sí mismo” sano y libre.

Cuando se ama desde el síntoma, se ama (enamora) “desde lo que falta”, desde el hueco no nutrido. Y partiendo de esa posición errónea que confunde pasado y presente, nada puede salir bien… Si continuamente necesitamos llenar un hueco, seremos adictos a aquello que creemos –erróneamente- que lo sacia.

Al conocer a una persona y desear conseguir su amor –o incluso habiéndolo ya conseguido-   inconscientemente queremos suplir el goce faltante a través de ella, como diría Lacán. Cuando algo falta (o sentimos que así es) el paciente, a modo de suplencia, produce el síntoma. Es amar –como también dice el psicoanálisis- desde el propio fantasma (lo fantaseado) el cual hay que atravesar para estar libre.

Ese atravesamiento del fantasma es el costoso pero fructífero recorrido de un tratamiento terapéutico. Tenemos claro que hay que aceptar un tratamiento del tipo que sea cuando enferman partes de nuestro cuerpo o nos desestabilizamos psicológicamente de formas quizá más evidentes, tales como depresiones, fobias…etc. Y sin embargo, no se nos ocurre en cuanto a nuestras relaciones de pareja. No logramos ver con la necesaria claridad que ellas también denotan salud o enfermedad en la persona que somos. Por otro lado, aunque algo esté enfermo en nuestros planos más sutiles (en nuestro cuerpo mental y emocional) si se mantiene así en el tiempo sin duda acabará pasando al cuerpo físico, en el cual sí lo veremos como enfermedad, pero realmente es la persona entera la que ya estaba enferma desde hace mucho tiempo. El cuerpo es el último que se entera, dice una máxima médica (cuando percibimos la enfermedad en el cuerpo, ya ha estado dando avisos a través de síntomas más leves a nivel corporal, así como psicológicos y emocionales, que no atendimos, no escuchamos el mensaje que contenían para nosotros.).

¿Amamos patológicamente? ¿Es nuestra forma de amar un síntoma en nosotros? ¿Nos remite a algo insano, dañado, que hay que analizar y desatar para  no crear una distorsión en nuestros vínculos afectivos?. La respuesta es sí.

Concluyendo, cuando nos enamoramos (creo que ya puedo usar el término con cierta tranquilidad de que el lector lo entiende) transferimos al otro el mundo irreal que llevamos dentro. Porque no amamos desde la nada, no partimos de cero, desde un corazón y mente nuevos, sino todo lo contrario: partimos de lo viejo, de toda la carga emocional que llevamos a cuestas mezclando pasado y presente; amamos desde un corazón y una mente intoxicados, llenos de heridas, recuerdos, falsas creencias…  Toda una amalgama de pensamientos dañados y de los que “el otro/a” no tiene la culpa ni tiene por qué soportar las consecuencias (la pareja se convierte en el objeto más deseado, pero también por ello y por el terror a perderla,  será la diana sobre la cual se nos moviliza el interior enfermo con más fuerza que con ninguna otra persona de nuestro entorno).

¿Analizar el amor?  ¿No se trata simplemente de vivirlo y disfrutarlo? Sí… sin duda.

Si habláramos de amor realmente (de sentimientos maduros, sopesados, construídos consciente y libremente) la respuesta sería afirmativa. Pero aquí hablamos de enamoramiento, de “enganche adictivo”,  de transferencia, proyección, neurosis… en definitiva: de canalización -a través del vínculo amoroso- de todo aquello más oscuro que llevamos dentro, ese niño herido interior que afecta negativamente al adulto que somos. Eso hay que analizarlo y curarlo.

Ahora bien, cualquiera podría decir: “yo disfruto sometiendo a mi pareja”, o “yo disfruto viendo cómo en cierto modo me maltrata, eso es porque siente celos de mí, porque me ama….”. Pero ¿es ese nuestro pobre proyecto de vida? ¿ésa nuestra corta percepción sobre el valor del ser humano? ¿viviremos como gallinas de corral pudiendo ser águilas imperiales?.

Cada enamoramiento bien elaborado, en un estado de verdadera auto-consciencia de lo que está sucediendo, y bien analizado, es motor de cura (tal como la transferencia es el motor de la cura en psicoanálisis, lo será también si sabemos utilizarla en nuestra vida cotidiana). Cada relación amorosa que nos trae el destino se convierte en un maestro para nosotros, en una posibilidad de crecimiento interior, si estamos despiertos y conscientes de todo lo que sucede en el otro y en mí.

Si el enamoramiento se convierte en todo un dispositivo desde el cual emergen nuestras patologías y sensaciones más desestabilizadoras, entonces es oportunidad de crecimiento! No perdamos de vista que esto sucede en personas sanas, con suficiente grado de equilibrio para poder percibir sus conductas “inexplicables” y la necesidad de ayuda.

Considero necesario decir que este título por mí elegido (el enamoramiento es un síntoma) está basado en las ya conocidas manifestaciones del psicoanálisis, desde Freud y especialmente con Lacán, de cuyas teorías se desprende que el amor es –literalmente-  “un síntoma”. Frase que a priori puede parecer similar a ésta de mi autoría , pero que sin embargo dista mucho de ser idéntica. Empleamos el término “amor” con demasiada licencia, de forma indistinta y confundiéndolo con la atracción, enamoramiento, obsesión. Llamamos amor a cualquier cosa, hablamos de amor entre personas aunque cabalmente observemos una relación altamente nociva. En realidad nos estamos refiriendo a otra cosa. En el amor no hay sufrimiento, el amor es más bien el resultado de una decisión, de una vida vivida juntos, o de un período de la vida donde dos personas deciden acompañarse y tener experiencias diversas, en un contexto de respeto y actitud positiva mútua que se convierte en innegociable. De modo que donde el psicoanálisis dice que el amor es un síntoma, yo digo que el enamoramiento sí lo es..

Pero ¿por qué defiendo en este trabajo que el enamoramiento, esa experiencia tan bonita y placentera para todos, es en realidad síntoma de enfermedades psico-emocionales de todo tipo? ¿Por qué afirma eso el psicoanálisis y todas las psicologías y ciencias sociales en general?. Es decir, es una vivencia en principio tan positiva que no observamos la necesidad de prever nada ni plantearnos nada, más allá de la mera vivencia de la felicidad del momento. ¿Por qué entonces ponerle “peros” al amor de pareja? ¿Por qué se multiplican los tipos de terapias destinados a tal fin?. Lo veremos claro a medida que el texto avance.

Continúa Leer parte 2 de 5 “Síntoma y Salud”



La Lic. Olga Rivas Corrales fue paciente del Lic. Axel Rozen, ver comentario realizado por ella sobre dicho tratamiento.

  • Profesora de primaria.
  • Título de Grado en consultoría psicológica por la Bircham International University.
  • Acreditada legalmente por la Asociación Española del Counselling.
  • Amplia formación en psicoanálisis y psicología transpersonal (máster).
Puedo trabajar con cualquier cuestión psicológica y emocional en personas que no tengan diagnosticos competencia de un licenciado en psicología. Es decir trabajar los malestares de personas global mente sanas.  Mis ámbitos de mayor interés son los problemas psicopedagógicos en adolescentes ( cuando ambos aspectos van unidos ) y las adicciones amorosas en adultos , pero cualquier cuestión que se me presente me resultará igualmente motivadora.

BIBLIOGRAFÍA Al final de la última parte publicada.

 

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